Con seguridad siempre ha existido la contradicción entre las personas que tienen iniciativas individuales y aquellas que solo pueden pensar o hacer lo que le indican los demás; los que viven atrapados en las normas y en las modas. Entre las instituciones, como las del sector educativo, se presentan las mismas diferencias; unas se concentran en sus propios objetivos y otras se conforman con ir sobre la corriente del tiempo, siguiendo las pautas burocráticamente establecidas. Las universidades públicas de Colombia no escapan a este fenómeno; muchas se limitan a obedecer (con autonomía) las ordenes de los funcionarios gubernamentales que se inspiran en los documentos y prácticas administrativas de los países “más desarrollados”, para hacer de la ciencia y la tecnología rehenes de los intereses empresariales.
Como se mostrará a continuación, las consecuencias de estos elementos que se acaban de señalar, en la formación de los jóvenes, están a la vista, pero solo son evidentes para los que miran con sentido crítico lo que sucede en nuestro entorno y los que tienen la capacidad de cuestionar las palabrejas sofisticadas del discurso de moda.
Si bien es cierto que en el mundo la educación en las últimas décadas ha tenido un enorme avance, con la proliferación de títulos e instituciones que ofrecen enseñanza para chicos o grandes, apalancado con el desarrollo de las tecnologías de la “información”, lo cierto es que la lectura de libros como práctica habitual está desapareciendo. Las bibliotecas universitarias se están modernizando, dicen algunos, maravillados por sus lujos, el mármol, las luces, la disposición espacial, así como por la cantidad de actividades dispares que ahora ofrecen; pero la gente se siente incapaz de sentarse a leer un libro completo y las viejas áreas de consulta ahora se diseñan como flamantes salas de informática donde el usuario baila entre el computador portátil y las boberías que le van entrado por el whatsapp. La cuestión entonces es preguntarnos ¿por qué sucede esto y qué consecuencias podemos esperar de ello?
En este texto trataré de dar mi visión al respecto, partiendo de elementos muy generales hasta llegar al problema puntual de la invasión desmedida de la informática y el menosprecio por el estudio de los libros.
Muchos se conforman con repetir que no hay remedio, porque simplemente es el espíritu de nuestro tiempo, la tecnología llegó para quedarse y tenemos es que adaptarnos a las nuevas realidades del colonialismo digital (Roberto Casati), si queremos ser competitivos en los mercados. Dicho de otra manera, no importa que las nuevas generaciones no sepan qué es eso de amar el conocimiento, o de leer de forma crítica, pues, lo que se necesita es que existan carreras que respondan a las “cambiantes” necesidades del mercado. Esa es precisamente la mentalidad del rebaño que guía a los burócratas para seguir funcionando y a la masa a ir con resignación hacia el despeñadero. Que dicha actitud prevalezca en las universidades privadas, está muy bien porque sabemos que funcionan según el criterio y perspectiva de los inversionistas, pero a donde tenemos que dirigir la mirada es sobre todo a las entidades públicas, porque se supone deberían estar orientadas hacia el bienestar general.
Ahora bien, en este ejercicio de reflexión seria bueno que también nos preguntáramos ¿Quiénes son los que orientan el espíritu de la época? ¿Cómo es que dirigen el cambio tecnológico? ¿Quiénes determinan nuestra manera de pensar? Esto es importante evaluarlo por cuanto la historia nos ha enseñado que el análisis debe hacerse desde la política, pues si el Estado, la economía, el cambio tecnológico y la educación, están en manos de los dueños del dinero, todo comienza a degenerarse de ahí para abajo, en función de la organización piramidal de: los capitalistas, sus delegados políticos y la pequeña burguesía. Por eso el aumento del presupuesto no soluciona los problemas de las universidades públicas, porque los que se comen la piñata, son los miembros de esa estructura en la vieja mecánica de los feudos académicos.
Cuando una universidad (y su biblioteca) carece de personalidad y simplemente sigue a pie juntillas el señuelo de la Acreditación Institucional, lo más probable es que termine sometida al proyecto global de la “formación para el trabajo” y en consecuencia actuará sin criterios propios, implementando de forma acrítica los proyectos, las imágenes e idearios que le llegan de otras latitudes, disque para lograr los famosos, altos estándares de “calidad” que conducen al sueño dorado de estar entre las mejores del mundo, en los rankings internacionales. Lo triste es que abundan las personas que creen que se puede hablar analíticamente de las universidades en Colombia, sin conocer el fundamento o el origen de los conceptos, sin apelar a las comparaciones sociológicas, o simplemente repitiendo que la tarea es mejorar la “calidad” en la educación. Por esa vía no vamos a llegar a buen puerto; simplemente repetiremos la historia de otras instituciones, como trataré de mostrarles a continuación con ejemplos.
La fundación de la Universidad del Valle se produjo en 1945 con la idea de darle formación superior a las nuevas generaciones de Cali y la Universidad Carlos III de Madrid se fundó en 1989, después de la dictadura, con los nobles ideales de algunos socialistas de darle educación a los jóvenes de las afueras de Madrid, en Getafe. Digamos que coinciden sus propósitos, pero por razones sociológicas e históricas tienen unas diferencias impresionantes. El campus de la Univalles es de una riqueza natural muy particular, mientras el de la Carlos III es preciosamente ordenado, cualquiera no puede hacer lo que se le venga en gana, como poner ventas informales; como el respeto es algo que se destaca en España, la universidad carece de capuchos actuando cada jueves por una razón o por otra; En Getafe hay dos bibliotecas nuevas tan hermosas como bien dotadas, aunque la de Cali, en realidad es un edificio imponente y bonito. De las comparaciones en cuanto a las cafeterías y los baños, ni hablar. Sin embargo, a pesar de las diferencias y similitudes, las dos instituciones están en crisis financiera porque bajo las políticas neoliberales de gobernantes como Ayuso o Duque en ambas, un sector importante de sus directivos (los profesores) se han empeñado en seguir las políticas ministeriales y en defender sus ansias de alcanzar la distinción. Se crean nuevos planes de estudio, maestrías, doctorados y especializaciones de todo tipo; se amplía la planta física y en general tratan de seguir al máximo la partitura de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) sin tener los recursos suficientes. El problema naturalmente es que viven a debe y luego, como los gobiernos de derechas no están interesados en pagar los costos de ir hacia los rankings , ni financiar carreras de ciencias sociales y humanas, la salida ha sido, asumir los procesos de privatización por la vía de la venta de más titulaciones (sobre todo en tecnologías economicas), planes de internacionalización y la tercerización de varias de sus actividades administrativas. De alguna manera podemos decir que la universidad Carlos III es la imagen futura hacia la cual apuntan los directivos rehenes de las ideas neoliberales o gerencialistas de algunas de nuestras universidades. Hoy el resultado de esas políticas arribistas en la Carlos III está en el déficit presupuestal y el proceso de la gentrificación, que conduce a dejar de lado a los jóvenes de su ciudad porque la búsqueda de la “calidad”, el bilingüismo y la internacionalización excluye de manera sutil a los pobres, a los negros, y a los latinos.
En la biblioteca María Moliner de aquella universidad me encontré casualmente un libro titulado: “La enseñanza superior en América latina, la dimensión internacional” donde aparece, entre otros, un artículo de la publicista colombiana, Isabel Cristina Jaramillo, quien señala la importancia de reproducir en nuestro país los postulados que defienden los editores de la OCDE. Postulados que son solo la transposición de ideología gerencial o de la gestión de los negocios a la educación superior. En los nuevos parámetros de la economía neoliberal, el conocimiento también es una mercancía más que se puede comercializar a través de “prestadores” públicos o privados, nacionales o internacionales, como las otras áreas de servicios. No se hizo para formar a las nuevas generaciones en ideales humanos, sino para moldear la nueva mano de obra neo-esclava del capital y por eso debe ser de alta “calidad” o de acuerdo con los estándares internacionales. Por supuesto se nota que la abogada se basó en las ideas de los teóricos Friedman y Hayek o seguramente se limitó a estudiar aquella literatura administrativa de los padres de la Calidad Total, como lo hizo el neoyorquino Franklin P Schargel, quien en su texto "Como transformar la educación a través de la gestión de la calidad, guía práctica" retoma el discurso de Willian Edwar Deming para escribir lo siguiente:
“Al igual que las empresas, los sistemas educativos están compuestos de proveedores, de clientes y de un producto final. Un cliente es alguien sin el que una empresa no puede sobrevivir. Los proveedores de la escuela de Westinghouse incluyen a los colegios de enseñanza primaria y media, a los padres y a la comunidad. En educación, algunos de nuestros clientes internos son nuestros propios empleados, nuestros alumnos y sus padres. Nuestros clientes externos son las universidades, escuelas superiores, empresas, el ejército y la comunidad en general. Es importante que las escuelas trabajen con sus proveedores y sus clientes al mismo tiempo para así obtener un producto que cumpla con las expectativas de los clientes”
Hay que saber entonces de donde vienen las ideas para no seguir repitiendo los principios de los empresarios, que ahora hablan sofisticadamente de “educación dual” y “STEM” en la perspectiva de acortar la brecha con el mercado laboral mediante la financiación de eventos y libros que luego llegan a manos de nuestros expertos. A manera de ejemplo tenemos "La planificación estratégica en la Universidad, mejora de la calidad y evaluación institucional" Bilbao, España 1998 o el titulado" La gestión de la calidad en la educación" de Francisco López Rupérez (Editorial Muralla, 1994). Lo que sí es cierto es que los principios neoliberales han resultado muy efectivos para las universidades privadas que se destacan por sus lujosas instalaciones, por tener nexos con los grandes empresarios para ofrecerles a sus clientes puestos de trabajo, servicios de cafetería, peluquería, camisetas estampadas, uniformes, cuadernos, suvenires, tiendas de celulares y toda clase de titulaciones de moda. Eso sin mencionar que incluso con la ayuda de los políticos de turno, logran contratos jugosos con las entidades del Estado.
De manera general el marco nos indica que los grandes inversionistas lo que buscan es usar el conocimiento, para ofrecerlo en el mercado global (rankings), aumentar la tasa de ganancia con inyecciones de tecnología adecuada a sus intereses y formar la mano de obra que necesitan, incluso en “trabajos de mierda” (libro de Graeber). En consecuencia, el estudio, entendido como el amor desinteresado por el conocimiento, perdió su valor y la lectura se volvió algo improductivo. Lo que se espera de los espacios académicos es que sean productivos y que los profesores produzcan informes administrativos y resultados de investigación. Los estudiantes deben ser entrenados para ser objetivamente eficientes, lograr altas notas, aspirar a obtener las titulaciones en el menor tiempo posible y rendir en los exámenes que imponen los de la OCDE. No se olvide que las famosas pruebas Pisa se hacen para medir la competitividad de los países.
Como se ve, la educación y las bibliotecas se han transformado, ya no están en función de ofrecer puntos de vista diferentes con los libros o en el contacto con sus profesores porque con la inyección desmedida de lo digital lo que importa no es el saber o el pensar, sino el consumo de la “información pertinente”. Del profesor no se espera que lea el libro completo sino que extraiga la información exacta que encaje en su proyecto de investigación, ya sea hojeando o con la ayuda de google u otra Inteligencia Artificiosa. Al estudiante tampoco se le permite que divague sino que valla directo a aquello que le proporcione la mejor nota posible con el menor de los esfuerzos. Con la educación STEM lo que se busca es que los niños desde los dos años se introduzcan en los programas de robótica y lógica que les permita “…desarrollar pensamiento computacional mediante herramientas lúdicas, sin necesidad de que sepan leer o escribir” como reza una publicación de los empresarios en Cali.
Para concluir digamos lo siguiente: las entidades de educación y las bibliotecas que no construyen objetivos propios se convierten en instrumentos políticos del control social para la formación de mano de obra neo-esclava, seres que no buscan la sabiduría y no pueden disfrutar de la lectura de un libro. Por ello las bibliotecas se están llenando de usuarios que van a entretenerse con cosas menos exigentes y utilizan sus espacios como salas de computación para tener una conexión con la infinita variedad de distractores digitales como las redes sociales y eventualmente para hacer un producto en específico. En mi criterio hay que empezar por distinguir que una cosa es pensar y otra buscar “in-formación” para la formación funcional porque como nos recuerda el columnista Julian Lopez de Meza, para John Henry Newman el conocimiento posee un valor intrínseco, no porque produzca rentabilidad, sino porque forma la mente, amplía el juicio y permite comprender la realidad en su complejidad. Tenemos también que separar el aula de clase del internet y lograr que las bibliotecas sean para promover la lectura de los libros y no hacer de ellas “centros culturales” o salas de informática. Se sobre entiende que son tareas muy difíciles porque hay muchos intereses económicos y políticos en juego; unos quieren seguir imponiendo lo digital, mediante la venta de nuevos juguetes “pedagógicos”, y la mayoría solo saben nadar con la corriente porque, como siempre, las visiones alternativas viven en la marginalidad.
De no cambiar el rumbo, las consecuencias de cuanto se ha expuesto son evidentes y otras fáciles de deducir: vamos hacia una población sometida al vaivén de las modas tecnológicas, sin capacidad de tener una visión crítica sobre el mundo que le rodea y por el otro lado se está fortaleciendo una educación cada vez más costosa, funcional a las lógicas de las élites del poder.*

