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Si, pero No. Oleo sobre carton paja |
Cada día hay más personas que creen en el
cuento de la democratización de la información y aunque ciertamente con la
tecnología o el fetiche de los teléfonos “inteligentes” tenemos la posibilidad
de expresar nuestras ideas en las ya tristemente célebres redes sociales, no
nos estamos dando cuenta que unos pocos poderosos vienen moldeando nuestro
cerebro para que nos dejemos arrastrar hacia polémicas absurdas que nos
distraen de los problemas realmente importantes. Para poner un ejemplo solo
basta con recordar que ya nada se puede decir sobre las mujeres sin que se
levante tremenda polvareda porque de inmediato empiezan los expertos en teorías
del género y los inexpertos a de-generar los conceptos como machismo, acoso,
maltrato, feminismo, discriminación, feminicidio-hombricidio, aborto etc.
Y mientras tanto la miseria, el desempleo, la falta de asistencia en salud y la
explotación de los capitalistas inescrupulosos están matando a miles de mujeres
en el mundo.
Sobre el tema de los roles o gustos sexuales
lo que diga un taxista, una figura de la farándula o un presidente no debería
ser objeto de polémica porque son opiniones personales políticas y ellos en
lugar de salir a hacer “rectificaciones” hipócritas, deberían tener el valor o
el coraje de decir “Si, yo soy orgullosamente machista”, así como otros se
dicen adventistas, conservadores o hinchas del atlético Caparrapí. Lo que
sucede es que en el siglo XXI todos quiere ser políticamente correctos porque ahora
lo más sagrado es salvaguardar la imagen pero, tal vez deberíamos ser más
condescendientes con la sinceridad de un machista que con la hipocresía de los oligarcas
que utilizan a las mujeres y a los negros como Obama, Condolezza Rice o Margaret Tacher para ponerlos a perpetuar
la explotación, las guerras y la degradación del planeta.
Tampoco debiéramos dejarnos arrastrar hacia
esas polémicas porque el machismo no es algo que se inventaron solo los chicos
malos para someter a las mujeres, sino que son formas de relacionamiento social
que partiendo del reconocimiento de diferencias biológicas, cada grupo humano o
“cultura” le ha dado su sello particular. De ahí que, en realidad con el
binomio Venus-Júpiter existen miles de machismos y esperar que algún día
hombres y mujeres de Mongolia, Arabia u Oceanía se traten de iguales, o como se
tratan las personas de Noruega, puede parecerle a muchos una aspiración muy
progresista, pero nada nos dice que sea una meta realista, pues es tanto como
querer imponerles, en esta globalización homogenizante, la “democracia”
norteamericana a las comunidades indígenas del Amazonas.
La otra arista del tema es que de continuar
por esa senda de estimular las posiciones de los feministas recalcitrantes,
donde una mirada, un piropo o un silbido ya es un delito, pronto llegaremos a
censurar las películas de Cantiflas y miles de boleros. Así hombres y mujeres,
por igual saldremos perdiendo, porque cada día el temor hacia el otro nos irán
conduciendo al terreno seguro de la indiferencia del solitario y hacia otros
fetiches como los que nos ofrecen los emprendedores que hacen dinero con las muñecas
de plástico y la pornografía. Los chistes sobre las ventajas de tener mujeres
de goma, para evitarnos las suegras, las chicas calculadoras, cantaletosas, o
las que se quejan de acoso o de dolor de cabeza a la hora del sexo, son ingeniosos,
pero son un índice que vamos derecho a una tétrica deshumanización. Y no creo
que eso sea lo que todos queramos con tanta polémica inútil, mientras los
poderosos se siguen frotando las manos.